SANTA FE… HUELE A MUERTE

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Este oficio ha enseñado a agudizar el instinto; a convertirse en esclavo de la sospecha. No es para menos: la cerrazón de autoridades que nunca informan o resguardan información por intereses políticos, lleva precisamente a indagar, a rascarle, a buscar. A veces se atina, a veces no: el trabajo periodístico puede o no estar exento de imprecisiones, porque “la neta es chida, pero inalcanzable”.

Pero dar la vuelta por las viviendas de Colinas de Santa Fe, más la fama de los tiroteos que aquí han ocurrido, lleva a pensar que este populoso centro urbano en las afueras del puerto de Veracruz sigue siendo un territorio peligroso más allá de un montón de casas amontonadas en ese orden monótono que llaman dúplex, bajo la luz de un sol abrasador.

Entre dunas, calles asfaltadas, negocios montados muy improvisadamente, aquí algunos jarochos hacen su vida lejos del bullicio turístico del bulevar o de La Parroquia. Es la cara del Veracruz de los suburbios, los alejados de la ciudad, casi marginados; al menos esa es la percepción.

Colinas de Santa Fe es un conjunto de hogares donde su fama tiene que ver no sólo con enfrentamientos entre delincuencia organizada y fuerzas del orden desde hace varios años. Es también, de unos meses a la fecha, el centro neurálgico de la esperanza perdida; representa el limbo en donde se permite entrar a los mortales que aún viven y buscan a los desaparecidos.

Es, pues, un cementerio clandestino donde sicarios enterraban a sus víctimas, de acuerdo a testimonios que llegaron a ser reforzados con la imagen de un mapa detallado que llegó a manos de familiares para indicar en donde estaban los cuerpos.

Un amigo periodista de Córdoba nos platicaba que en el asunto de buscar a los desaparecidos en fosas, tiene qué ver mucho con la Iglesia Católica. Que los sacerdotes hacían exhortos en misas oficiadas a sus comunidades para que de manera anónima dejaran un recado sobre dónde podrían estar restos humanos, y por arte de magia aparecieron en las cajas de limosna cartas y mapas de algún cristiano arrepentido para ubicar a los muertos.

De ahí que en asesoría con otros grupos de búsqueda en el país, comenzaron con el “varillaje”: hundir una varilla de metal en tierra removida y oler la punta. Si hay sospecha de que se dio con una fosa clandestina, esta se marca y se escarba. Los restos descubiertos se entregan a la Policía Científica para su posterior identificación.

UN LUGAR COMÚN

Ubicado en la zona norte de la ciudad de Veracruz, Colinas de Santa Fe es común para los que vienen de Xalapa y pasan por la carretera que accede por la zona de los edificios viejos del recinto portuario.

Aparentemente es sólo un lugar más que ha hecho crecer al puerto de Veracruz como un gran mancha urbana que se ha ido extendiendo como virus.

Para los que aquí habitan, así como en comunidades alrededor, se sabía del movimiento de vehículos que se movían por la zona del vertedero de basura municipal antes de que esos terrenos se convirtieran en propiedad federal por la ampliación del nuevo puerto.

Otro camino, a una cuadra y media de un Yepas (ya sabe, la competencia del Oxxo) inicia con una rodada de tres kilómetros que lleva desde Colinas de Santa Fe hasta un predio rodeado de dunas y matas espinosas. Ahí en medio están las fosas, los restos, la muerte.

Este jueves, un par de reporteros chilangos se encontraban apostados en las afueras, recién llegados del aeropuerto, con maleta en mano y dicen: “es que llegaron tarde, había un montón de flota que entró por la fuerza al sitio porque no los dejaban pasar. Entraron como 50, luego salieron un poco más tarde y adentro siguen el Colectivo Solecito y el Fiscal”.

Una hora después, una caravana con vehículos todo terreno y guarros armados, aparece en dicho camino. Es el Fiscal escondido en su Cherokee polarizada. No habla con medios, simplemente se va. Atrás se quedan varios policías que reciben instrucciones de no dejar pasar a nadie, menos a medios, porque ese fue el acuerdo con el colectivo… y así cumplieron: por ahí ya no se pudo pasar.

UN CAMINO ALTERNO

Nos acercan a la famosa rodada por un camino alterno, pero tenemos que caminar todavía como medio kilómetro para llegar hasta donde está el campamento más grande de fosas clandestinas. Es como un solar rodeado por colinas de mediana altura, arbustos y basura.

Se ve un reguero de platos de unicel y el sonido intermitente de algunas moscas. La idea es treparse a la duna para agarrar desde arriba todo el terreno, pero había la sospecha de que quizás habría policías vigilando. Ahí vamos pa’ arriba, dejando medio bofe en el intento y causando una deshidratación inmediata. Allá en el cielo se ven los zopilotes como diciendo “carnita fresca”, pero al final de cuentas llegamos a cima, nos tiramos a la arena como apaches y luego a levantarnos porque tanta faramalla no sirvió de nada: no había nadie en el campamento, excepto unas lonas y las cintas amarillas para cubrir el área.

No se puede decir que apesta, pues pese a la relativa cercanía al basurero y a los vientos que pululan, no huele a nada, pero ahí está: es el campamento de quienes siguen buscando a sus familiares en fosas clandestinas. Ahí donde llegó el Fiscal y se tomó la foto para luego emprender la graciosa huida, mientras su jefe el gobernador decía que el tema lo iba a tratar directamente el titular de la Fiscalía… Es decir, ni uno ni el otro informan nada, pero son buenos para echarse la bolita.

Finalmente hay que regresar. Ya vimos las fosas, se les fotografió, se les grabó en video. Nos platican en la zona que regularmente está solitario el predio y pocas veces se ve tanto policía en la zona. Les explicamos que hoy llegó el Fiscal a ver las fosas y por eso el operativo policiaco.

Pero sí, al final de cuentas, fuimos testigos de que ese cementerio quedó nuevamente abandonado, luego del ajetreo y presión de los medios para que los dejaran pasar. Los del Colectivo Solecito acudieron al novenario de Pedro Huesca Barradas, el agente del Ministerio Público cuyos restos fueron encontrados ahí, donde no huele a nada, pero se siente el hedor a muerte.

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